Cuando todo pende de un hilo
A través de un corte preciso, casi quirúrgico, la forma circular queda dividida en dos hemisferios. Múltiples cordones de densa carga material atraviesan la hendidura y caen en cascada; sin embargo, no sostienen nada. Son una presencia que pesa, que cuelga, pero que no ejerce tensión. La verdadera unión reside en el centro: un único hilo, apenas perceptible y liviano, es el encargado de sostener la estructura y evitar el colapso.
Aunque la obra se despliega en un juego de opuestos —oscuridad y luz, densidad y levedad, materia que pesa y materia que sostiene—, no nos encontramos ante dos piezas distintas, sino ante un mismo elemento en dos estados diferentes.
La obra reflexiona sobre la fragilidad de los vínculos y las estructuras que nos mantienen en equilibrio. Cuestiona qué es aquello que realmente nos sostiene en momentos de fractura: a menudo, no son las ataduras más pesadas ni las estructuras más evidentes las que ejercen la fuerza, sino un detalle sutil, casi invisible, del que depende todo.
Detalle cara trasera de las piezas:
